El primer café 2

03/24/2017

Desperté temprano y Clara ya había salido. Me dejó una nota en la mesita de noche. Eran los primeros días de verano y el sol ya brillaba fuerte sobre los viejos edificios de la ciudad. Fue algo que siempre aprecié de mi oficio de escritor, nunca había utilizado el despertador de mi celular, o despertador alguno, y comenzaba mis días con la luz que lentamente llenaba la habitación y se hacía insoportable para mis parpados hasta hacerme despertar. Era un despertar tranquilo, agradable manera de empezar el día. Leí la nota: “cariño, salí a trabajar, te veo en la noche. Besos”. Vivíamos juntos hacía cuatro meses en mi pequeño piso en el barrio Gracia en Barcelona. Piso humilde, sencillo, acogedor y perfecto para mi oficio de escritor y para mi salario claro está. Este trabajo te puede dar las horas de sueño –o de insomnio- que quieras, pero después te lo hace saber en la paga: tenía una columna semanal en un diario catalán y una crónica mensual en Mundo Deportivo; ella, sicóloga recién graduada, trabajaba como mesera en el barrio Gótico mientras encontraba algo en lo suyo. Coloqué de nuevo la nota en la mesa y salte de la cama, abrí la puerta de la pequeña terraza con vista a los jardines de Mestre Belcells. Tal vez fue esta vista lo que más aprecié cuando buscaba piso hace algunos años al llegar a la ciudad. El calor veraniego comenzó a invadir lentamente cada rincón del pequeño apartamento. Prendí el radio de la cocina y con las primeras noticias del día, ritual inamovible de mis mañanas, llené la moka de café y la puse sobre el fuego. La noche anterior había venido a cenar una pareja de amigos colombianos. Los había conocido hace un par de años en un viaje por Centroamérica y recorrimos gran parte de México y Cuba juntos, forjamos una gran amistad. Estaban ahora en Barcelona, por un foro de urbanismo y estarían un par de días en la ciudad. Fanáticos del café, me regalaron una bolsa del grano proveniente del municipio de Riosucio en el departamento de Caldas, eran ambos originarios de Manizales, la capital del departamento. Usé pues, curioso, el café que me habían obsequiado. Fumé un cigarrillo en la terraza esperando el pitido de la moka y escuchando los titulares del día, fantaseando desde ya con ideas para mi próxima columna. Tenía la suerte de escribir una historia corta por semana, con tema libre y publicada cada domingo. Podía escribir lo que me diera la gana y, aunque no era mucho, me pagaban por ello. Pitó la vieja moka italiana, el café estaba listo, lo serví en la primera tasa que encontré y volví a la terraza. Aún sin ideas probé el, para mí, exótico café colombiano, un país que me habría encantado explorar pero al que hasta ahora no había tenido la posibilidad de conocer, pese a la incansables insistencias de Diego y Laura. Ya iré, ya iré, les respondía siempre, sin haber precisado nunca la fecha. Probé el café de nuevo y no lo lograba comprender ¿Era café lo que estaba tomando? Eran nuevos aromas, nuevos sabores, delicados, finos. De dónde salían estas sensaciones, me preguntaba fascinado. Al tercer sorbo supe dos cosas con claridad: tenía que poner en palabras la emociones que este café provocaba en mí, tenía mi próxima columna, pero antes, debía llamar a Clara y preguntarle si alguna vez había estado en Colombia.

(Todos los derechos reservados)

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