Destinos Distintos

04/07/2017

Él no sabía que en ese momento, en el café de la calle 64, la vería por última vez. Ella tomó un taxi y él volvió a casa caminando con la tranquilidad de quien no sabe leer el clima que antecede a la tormenta.

*

Se habían conocido cuatro años atrás en el café Escorial de la Plaza Vieja de La Habana. Después de tres horas recorriendo la capital isleña, paseando por las calles en su primera mañana en Cuba y deslumbrado con la historia que alcanza a transmitir su arquitectura, llegó a la Plaza Vieja, situada en el viejo barrio colonial. Allí la vio por primera vez, sentada en la terraza del café, leyendo el Granma de aquel día y tomando un expresso. Hay momentos en la vida en donde las certitudes atraviesan el cuerpo con la misma velocidad y certeza de un parpadeo. Sin dudarlo se le acercó y le preguntó si le podía contar una historia. Él, amante de la literatura suramericana, recordó uno de los cuentos de Eduardo Sacheri, Una Sonrisa Exactamente Así y a los héroes uruguayos del 50, a los del Maracaná. Si ellos, tan solo once uruguayos, habían derrotado a doscientos mil brasileros en Rio en una tarde de julio, él podía sentarse en esa mesa de la terraza del café Escorial y contarle una historia, hacerla reir. Se la jugó con los once uruguayos, ellos no lo iban a dejar caer. Le hizo entonces la pregunta y ella, sacando sus ojos cafés de las páginas del Granma, alzó la vista y, protegiéndose del sol con la mano derecha, se encontró de frente con un joven desconocido quien le proponía una historia, allí, en un país al que recién llegaba y en donde no conocía a nadie. Dudó, pero antes de poder responder a su pregunta, él ya se apresuraba sobre la silla de enfrente y le reformulaba la pregunta, ¿puedo hablarte sobre los once héroes uruguayos que vencieron a doscientos mil brasileros a mediados de siglo en lo que los cariocas mejor sabían hacer? Y se sentó. Como en el cuento de Sacheri, ella no salía de su asombro y ya no tenía idea de que responder, lo dejó hablar.

Pero la vida no es un cuento, él había olvidado la mitad de la historia, un tercio de los nombres de sus protagonistas y casi todo el relato le salió al revés, ella lo llenó de preguntas que no supo responder, en todo caso, los uruguayos no lo abandonaron. Esa tarde, al volver a su cuarto de hotel, sabía que esa noche no iría a cenar solo.

*

Regresó a su casa caminando. Vivía a algunas cuadras del café y la noche bogotana era fresca, su cielo estaba completamente despejado. No regresó pensando en ella. Tenía trabajo y compromisos importantes en la próximos días y aquello invadía su cabeza. No sabía que pronto, muy pronto, estaría realizando ese mismo recorrido una y otra vez con el solo objetivo de cruzarse con ella una vez más, de volverla a ver en el café, tomándose ese expresso que no cambiaba por nada en el mundo, leyendo alguna novela de Pedro Juan Gutiérrez o de Leonardo Padura, o sencillamente recorriendo las calles de Chapinero, entrando en cafés, descubriendo librerías. No sabía que ese recorrido se le iba a tornar infinito y efímero al mismo tiempo, y que lo haría siempre pensando solo en ella.

Esa noche fue definitiva pero él no supo darse cuenta. Así regresó a su apartamento, recalentó una arroz con lentejas y se fue a dormir.

*

Cogió el taxi a la salida del café, se despidió de él sin dar evidencia de cuanto se pasaba por su cabeza en ese instante. El taxi se alejó del café por la carrera cuarta hacia el norte, se alejaba de ese lugar que vio crecer y madurar tantas historias, tantas memorias. Sabía que no lo volvería a ver. El taxi bajó para tomar la carrera séptima y acelerar, era tarde y no había ya tráfico.

*

Pasaron cuatro semanas juntos recorriendo Cuba, aunque solo necesitaron de una noche, la primera, para entenderlo todo. Viajaron por toda la isla. De La Habana cogieron un bus que los llevó a Cienfuegos. Allí conocieron a una pareja de franceses que había rentado un carro y los invitaron a seguir hasta Mayarí juntos. En Mayarí durmieron en donde una vieja cubana que les narró las historias más fascinantes de la época de la revolución. Cuatro semanas perfectas, no podían creer su suerte. Regresaron a La Habana extasiados, pero tenían aviones de regreso con rumbos distintos. Ella a Buenos Aires, él a Bogotá. Al final, ese asiento con destino al aeropuerto internacional de Ezeiza nunca fue ocupado.

*

El ruido de la lluvia lo despertó a la mañana siguiente. Mañana fría y gris en Bogotá. Iba tarde para una reunión con los directivos de la editorial que había firmado su primer libro, así que dio salto de la cama, agarró rápido su chaqueta, las llaves del apartamento y salió corriendo a la calle. Se montó en el primer taxi que pasó frente al edificio y al llegar a la editorial notó que había olvidado su teléfono. La reunión terminó a medio día y había quedado con un viejo amigo de la facultad para ir a almorzar. Con él, como pasaba siempre, el almuerzo se convirtió en café, cigarrillos y más café, y en una conversación interminable: cine, literatura, política y el olvido de la percepción del tiempo.

Volvió tarde a su apartamento con ganas de llamarla, de contarle como había ido la reunión en la editorial. Tomó su teléfono de la mesa de noche y vio tres llamadas perdidas de ella y un mensaje de voz, raro, ella nunca dejaba mensajes de voz. Lo escuchó y algo descompuesto volvió a poner el teléfono en la mesita. No entendía, salió a la calle y realizó el mismo recorrido que había hecho la noche anterior, esta vez en el sentido contrario –el primero de muchos-. Esperaba encontrarla allí, en el café de la 64 con cuarta y que fuese tan solo una broma o una equivocación, no se enfadaría con ella. Este primer recorrido lo hizo corriendo, desesperado, angustiado. Pero ella no estaba allí, ni en el café, ni en la calle, ni en su teléfono, ni en su propio apartamento. En ese momento tampoco lo sabía, pero la noche anterior la había visto por última vez. Salió del café, cruzó la calle y se giró hacia ese lugar que supo ser hogar de una historia que había comenzado hace cuatro años en un lejano café de La Habana vieja. Miró la inscripción en blanco, rojo y negro que anunciaba el nombre de la tienda: Café Amor Perfecto. Pensó en los uruguayos y en aquella perfecta y efímera tarde de 1950.

 

 

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