Travesía

04/23/2017

 

Me desperté tarde aquella mañana. Afuera el cielo despejado y el sol picante por los dos mil seiscientos metros de altura de la capital colombiana. Era mi primera noche en la ciudad, había encontrado un hostal simpático en el barrio La Candelaria, en una de esas viejas casas coloniales, dos pisos, con terraza en el centro y una pequeña fuente en el medio de esta, todo un viaje en el tiempo a los primeros años de Bogotá. Desayuné en la terraza, tinto y almojábana. Quería subir a Monserrate, una basílica en la cima de los cerros orientales, cerros que parecen amurallar la ciudad. Terminé mi tinto y salí caminando, no estaba lejos.

 

A Monserrate se puede subir a pie o en teleférico, el sol cada vez brillaba más y viniendo del invierno del norte de Europa, me incliné por la primera opción. Se extraña el sol, claro. La altura de Bogotá cuesta y se siente la falta de aire, pero la vista de la ciudad al llegar a la cumbre de la montaña hace valer todo el esfuerzo. Panorámica de una ciudad enorme.

 

Allí arriba me di cuenta de que tuve razón al escoger Colombia como destinación. Hacía tres meses, en Amberes, ciudad al norte del Bélgica, me encontraba planeando mis primeras vacaciones después de varios años trabajando en un proyecto de investigación para la Universidad de Leuven, en donde había conocido a una colombiana que, con fotos e historias, me hizo enamorarme de su país y algo más. Perdí contacto con ella –esa es otra historia-, pero las ganas de conocer un país con dos océanos, una enorme cordillera que se divide en tres y atraviesa el país dividiendo regiones y culturas; y de la cultura su música, con sus ritmos y colores, y la salsa por supuesto, la cual estaba dispuesto a aprender a bailar, costara lo que costara; su comida también, de la cual algo había podido probar en la cocina de mi amiga, pero que era solo un abrebocas –ya verás, me decía siempre-, y el café, tenía que pisar la tierra que da tan perfecto y suave café, ¿el mejor del mundo tal vez? A decir verdad no busqué otros destinos, no pensé en otro país ni en otra ciudad, nada, en cuanto mi proyecto fue aprobado y supe con exactitud mis fechas de vacaciones, compré mi vuelo a Bogotá.

 

Bajé de Monserrate en teleférico, invadido por una mezcla de alegría y curiosidad, sabiendo que allí era donde quería estar, sin saber con qué me iba a encontrar. Conocí una pareja de argentinos bajando, se hospedaban en La Candelaria al igual que yo, así que caminamos juntos de vuelta al barrio. Llevaban ya algunos días en la ciudad, habían venido por trabajo pero decidieron quedarse un par de noches más para visitar la inquietante Bogotá. Terminamos por ir a almorzar juntos.

 

Entramos a un restaurante universitario frente a la plazoleta del Rosario. Tomé un ajiaco, sopa típica llena de legumbres, tubérculos, arroz, pollo, aguacate, algo de crema de leche y el toque inconfundible de sabor que le dan las alcaparras. Recuerdo a mi amiga hablándome del ajiaco santafereño, “ya verás”. Tenía toda la razón.

 

Durante el almuerzo tuve la oportunidad de preguntarles por aquello que les había sorprendido de la ciudad en los pocos días que habían tenido para visitarla. Me hablaron del Museo del Oro, del encanto del centro histórico, sus calles, su arquitectura, de la plaza de Bolívar, de un tour de grafitis (ya algo había notado del increíble arte urbano de la ciudad), del parque de los periodistas y del cementerio central, de la plaza de toros y de los restaurantes en el barrio La Macarena, de Chapinero y sus calles, del museo de Arte Moderno, del museo Nacional, al que aún no habían podido entrar pero que era plan obligado, de la caminata de la quebrada La Vieja, a la que había que subir temprano, de las fiestas en Candelario y de cómo bailaban los colombianos, y me hablaron también de otro tour en el centro, un tour que los llevó en un viaje por los mejores cafés especiales del país, sin haber salido de las calles de La Candelaria, Travesía se llamaba.

 

Travesía, se me quedó grabada la palabra en la cabeza. Lograba resumir la experiencia que me acaban de describir. Esta ciudad es una travesía, pensé, una que tengo que descubrir. Terminamos de almorzar y los invité a tomar una cerveza, quería saber más. Nos sentamos en una de las banquitas del parque Santander, observando a los transeúntes pasar por la carrera séptima, avenida peatonal llena de vida, y estuvimos allí hasta que el sol se ocultó. Nos despedimos y regresé a mi habitación extasiado: qué ganas de descubrir la ciudad, qué ganas de recorrer sus rincones, de vivir sus historias, sus días y sus noches, qué ganas de sentir su cultura, sus sabores, su café, qué ganas de comenzar esta travesía. Así terminaba el primer día.   

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