Siempre amigos

05/10/2017

Leyendo hace poco sobre cafés históricos de Bogotá, me encontré con uno en pleno corazón de la ciudad, que aún atiende a sus clientes y del cual nunca había oído hablar -y yo que creía conocer al menos este rincón de la ciudad-. Uno de los únicos cafés que sobrevivió al Bogotazo, por ejemplo. Se salvó, vaya uno a saber por qué, de ser parte de los tantos edificios y locales convertidos en cenizas aquel 9 de abril del 48. Casi ninguno resurgió. Ha sobrevivido también al paso del tiempo que se ha llevado a esos cachacos de antaño, vestidos de paño importado y zapatos de cuero que disfrutaban, al calor de un tinto, de milongas y boleros en tantos viejos cafés del centro de la capital. Sobrevivió a Bogotá y al país. Decidí pues visitarlo, sintiéndolo casi como un deber de bogotano.

 

Llegué al Museo del Oro, parque Santander y carrera séptima. Allí se mete uno por la que alguna vez se llamó ‘Calle del Arco’ hacia el occidente -donde se unían el convento de San Francisco y la iglesia de la Orden Tercera con un arco colonial que ya no existe más– y que hoy se conoce como el ‘callejón de los libreros’ o simplemente como la calle 16. Avanzo algunos metros entre libros y almojábanas para al fin descubrir un pequeño callejón que guía  hacia el Café San Moritz.

 

Afuera, los ruidos de las librerías, de los vendedores callejeros, del septimazo, la vida de la capital. Adentro, tras caminar los pocos metros del callejón que va de la calle 16 hasta el salón principal del café, los sonidos que llegan son de otro tiempo: un viejo tocadiscos deja girar vinilos que entonan boleros, tangos y viejas rancheras: es, en definitiva, la esencia de otra época.

 

Entro entonces al San Moritz, un café que conserva incluso algunas de las mesas metálicas originales y las sillas en cuero rojo de principios del siglo pasado. Estoy entrando a un café -pienso- que vio de reojo la marcha del silencio que convocó Gaitán, y que estuvo a pocos metros de donde el caudillo sería luego baleado y muerto; un café testigo del bogotazo, de la violencia, del gobierno de Rojas y del posterior reparto del poder entre liberales y conservadores –de esto es aún testigo, así se cambien los nombres el apellido se conserva-; un café que sintió el olor del Palacio de Justicia en llamas y que tembló con cada bomba, con cada secuestro, poco importa que fueran las guerrillas, los narcos o los paras; celebró con la Copa América ganada en esta misma ciudad, algunas calles hacia el norte y a la que a los argentinos les dio miedo venir; y ahora vive los tiempos del acuerdo de paz al que llegó Santos –el apellido se conserva- con las FARC: podrá decir el café que sobrevivió a sesenta años de guerra.

 

Entro entonces a este café cuyas paredes están llenas de fotografías que dan cuenta de la historia bogotana y de cafetales de otras regiones y hasta una foto de Chaplin adorna el lugar. Me siento entre esos últimos cachacos –aunque la facha ya no es la misma- que seguro están pensando 'este joven se perdió', y simplemente pido un tinto. El mesero lo trae en una de esas viejas tasas de ‘Café de Colombia’ con la bandera tricolor flameante y ya bastante desteñida -¿Cuántos cafés se habrán servido en esta tasa?-. Al fondo canta Lalo Martel ‘Siempre Amigos’, como si el café le estuviera dedicando una canción a Bogotá:

 

« Levanta la cabeza
y no te pongas triste,
sabes que sos mi amiga
y siempre lo seras ».

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