Una nueva Travesía Primera Parte

05/17/2017

Tres de octubre del 2016. El avión que me traía de Bélgica tras más de dos años viviendo y estudiando en aquel país aterrizaba en el Aeropuerto el Dorado de Bogotá. Eran las siete de la noche y ya recogía mi equipaje sin saber que un mundo del que aparentemente era conocedor, por el simple hecho de ser colombiano, se abriría ante mis ojos, mostrándome que en realidad no sabía nada. 

 

Finales de octubre. Medio día en una casa al noroccidente de Bogotá, un día soleado y un café recién molido y filtrado acompañaba una charla con mi hermano en donde esta Travesía vio la luz por primera vez. Los dos andábamos en la búsqueda de trabajo cuando vimos un artículo en el periódico anunciando, con bombos y platillos, un año record para el turismo en Colombia y pronosticando aún mejores cifras para los años siguientes. Mi hermano, economista y barista profesional, café en mano y con expresión de alguien que acaba de tener una gran idea me dijo: piensa en cuántos de estos turistas vienen buscando el café más suave del mundo y se van a encontrar con un tinto de termo amargo, qué decepción se van a llevar ¿y si hacemos un tour de cafés especiales en Bogotá para toda esta gente que está viniendo? Tú hablas francés, yo inglés, y están apareciendo nuevas barras de cafés especiales por toda la ciudad, sobre todo en el barrio La Candelaria, hagámole, demos a conocer lo mejor de nuestro café. Ahí empezó todo. 

 

Lo que siguió, para mí por lo menos, fueron meses de estudio sobre esta nueva realidad que se abría ante mis ojos. Mis conocimientos, por más colombiano que fuera, no iban más allá de pedir un americano o un tinto y saber acompañarlo de una buena conversación, no más que eso. Fui descubriendo un nuevo mundo: variedades de café, grados de tostión, métodos de preparación, diversidad de orígenes -¿Cuándo me había tomado yo un café del Cauca o de Barichara?-, nuevas barras de café, gente profundamente apasionada por esto, sabores, aromas, fragancias, olores. Qué poco sabía.  

 

Mi hermano ya estaba avanzado en este curso. Estudió para barista y trabajó varios meses en una de las tostadoras de café que más ha crecido en el país en los últimos años. Allí pudo conocer a fondo una realidad que a mí me hipnotizaba sorbo a sorbo.    

                           

¡Travesía!, ya teníamos el nombre. Redes sociales, publicidad en hostales, volantes, afiches, llamadas, eventos, invitaciones, visitas a las barras de café. Camine de arriba abajo y de abajo a arriba por toda La Candelaria bajo el sol de enero. A los dueños de las barras de café les gustó la idea, algunos amigos a quienes confiamos el proyecto nos dieron el visto bueno y así echamos a andar esta Travesía.

 

Del Chorro de Quevedo a la Calle 10 para que el café del Huila preparado en una prensa francesa comience a despertar nuevas sensaciones, la curiosidad nace –Espera, espera, ¿nos estamos tomando un café?-; una corta caminata hacia el occidente y en pocos minutos un café de San Gil filtrado dulcemente vuelve a confundir los sentidos –¿cómo puede haber tal diferencia entre un café y otro? ¿Esto es naranja lo que siento en el paladar?-; un breve recorrido por el centro histórico para que el cuerpo asimile esta deliciosa cafeína, Teatro Colón, Plaza de Bolívar, Parque Santander y ahora se abren las puertas del Hotel Continental en donde un café de Cundinamarca y un chocolate artesanal provocan un sincero ‘nunca había probado nada igual’. La primera travesía termina allí, el mundo de los cafés especiales acaba de comenzar.

 

Continuará…

 

 

 

 

 

 

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