Don Gardel

06/29/2017

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Ya pasaron cinco años desde que Don Gardel anunció su mayor locura a su señora. Confiando ciegamente en la calidad de los suelos de una zona que el resto del país había abandonado a su suerte desde hacía décadas, arrancaron los dos, desde Medellín y sin sus hijos, para Alto Palmar, vereda de Viotá, con el único objetivo de cosechar el café más suave del mundo.  

 

Compró una finquita en una ladera inclinada cuya vista al sur del departamento me dejó pasmado. Esa mezcla del paisaje cafetero con los árboles que le brindan sombra a los cafetos (Guamos, Mohos, Vainillos, etc.) y que favorecen el desarrollo de un café de una suavidad especial, con la cordillera que baja hacia el Tolima y que se estrella contra los nevados que hacen de fondo, enormes, y el cielo azul que da el toque final a esta pintura con trazos de nubes blancas que se estiran por encima de las montañas, confundiéndose con las cimas de los nevados. Unas nubes que cada tanto sueltan una ligera e impredecible lluvia que hace de los suelos de esta región, un deleite para cualquier semilla. Se va encontrando uno con aguacates, guayabos, naranjos, matas de maíz, moras, de todo, pero sobretodo cafetos. Don Gardel tiene también algunos cerdos en dieta de engorde.

 

Llegó pues Don Gardel con su esposa hace cinco años a esta vereda, instalándose en una pequeña casa que parece clavada en la montaña, bajita, como sus dos habitantes, y rodeada de café por donde se mire. Allí se quedaron. Hoy ya hacen parte de las trece familias cafeteras de Alto Palmar –todos venidos de otros rincones del país- que conforman desde hace más de dos años la Asociación Asopalmares y que, junto al apoyo de distintas organizaciones internacionales, le han dado vida a la primera Microcentral de Beneficio del Café del departamento. Es encontrarse con la maquinaria indispensable para la producción de un café de calidad en el medio de un monte al que las vías de acceso le iban sacando canas, y uno que otro improperio, al dueño de la camioneta en la que subimos. Porque es cierto que las vías de acceso a esta región, son cosa de la edad media.

 

Nada más llegados a la finca, su señora nos ofrece un café, café de Alto Palmar. Un café caturra de altísima calidad nacido en el que es el corazón cafetero de Cundinamarca. Da gusto. Mientras me deleito con esta taza de café, la señora de origen tolimense –del norte del Tolima, aclara, aunque el marcado acento paisa confunde- me hace entender cómo el café se ha convertido en una pasión para ellos y percibo su deseo profundo por darle vida a un producto que no solo sea su fuente de sustento diario, sino un motivo de orgullo para una región que ha sido durante tantos años tan solo conocida por el conflicto armado y la violencia. Que ahora se les reconozca por su café y su labor.

 

Antes de irme me cuentan que Don Gardel se va para Canadá y Estados Unidos en un par de semanas, va a contar su historia y a hablar de café. Me asalta una duda mientras devuelvo la taza vacía y emprendemos rumbo hacia Viotá, ¿cuándo escucharemos a Don Gardel en Bogotá?

 

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