Cuando las culebras caminaban derechas

06/05/2018

Mi mamá tenía una finca yendo para la vereda La Hondura, sí, por esa salida, como a tres kilómetros del pueblo, ella era una antigua natagueña, por eso tenía esas tierras, mi abuelo si era caucano pero hasta allá no sé, supongo que fue él quien llegó a Nátaga. Ahí crecimos con mi mamá y mis hermanos, imagínese, hace setenta años ya, y la vida era ahí, en la finca, eso había de todo, mucha caña me recuerdo, sacaban muy buena panela, otra más negra, pero se vendía bien y toda era de acá, ahora la traen de otros lados, y claro, había mucho café, el antiguo café, la mata del que llamaban Común, el arábico antiguo, ese sí que cargaba bonito y solo era una cosecha al año, era una mata enorme, entre abril y mayo y cuando calentaba mucho ya en marzo maduraban los cerezos. Mamá mandaba a traer tres o cuatro trabajadores para recogerlo, aunque hubo épocas en que llegaban hasta diez, ellos recogían montados en escaleras de guadua de lo altas que eran esas matas y se les pagaba por arroba. Como ahora, se despulpaba ahí mismo el café porque si no se fermentaba y se jodía. Luego se ponía a secar en cueros ahí afuera, los cueros del ganado, eso echaba pabajo a rodar. Ya seco tocaba trillarlo en unos pilones grandes que teníamos en la casa, no como ahora que eso hasta en helicóptero y no sé qué más cosas que se han inventado. Ahí se trillaba y se soplaba, muy buen café, bonito, pero como raro, el comercio se llevaba lo mejor, siempre se llevó lo mejor, y aquí quedaba la pasilla que en esa época nadie se quería tomar y se votaba. Claro, algo del bueno dejábamos para nosotros. Lo tostábamos ahí mismo, mi mamá me enseñó a tostar café en unos tiestos de barro, ¡cómo quedaba de bueno!, aunque había mucho chambón que lo dejaba quemar y ese si sabía maluco. Entonces, lo tostábamos y lo molíamos, el molinito trabajaba bien, claro que a mamá le tocó moler con piedras, eso era más machacar que moler, pero desde que yo distingo a mí siempre me tocó molino. Escogíamos la buenas almendras, las negras eran muy amargas, lo tostábamos ahí mismo, dos o tres libras y eso alcanzaba para la semana, sin que uno tomara mucho tampoco, en el campo las raciones, si no son de harinas, siempre son pequeñas. A ese café Común se lo comió la roya y dejó de existir, era otra época, cuando las culebras caminaban derechas, ese fue el primer café que hubo por acá, una mata grandota que tocaba recoger con una escalera de Guadua de una sola pata y si me pregunta quién lo trajo, ahí ya no le sé decir.

 

 

 

Carlos Ospina

 

 Foto por Ana Gómez

 

 

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