Mercedes

07/21/2017

A Mercedes la llevaban de Quito para Bogotá pero la dejaron tirada a medio camino. Se le llevaron además al niño y, vaya a saber Dios cómo, este volvió dos días después a los brazos de su madre. Ahí se instaló doña Mercedes, en un pueblo que no era el suyo, tal vez de nadie, ni párroco tenía. Se instaló y luego el pueblo fue pueblo, y llegó la gente y hubo fiesta, y se construyó una enorme basílica, en su honor, claro, una basílica que nada tiene que ver con el diminuto pueblo. Con Mercedes llegó la ley y llegó el país, un país que se lo reparten desde entonces entre unos y otros. Y Mercedes ahí, expectante, escuchándolo todo, sabiéndolo todo, instalada en lo alto de la calle real, como en un panóptico. Y desde allí espera a sus fieles, a esos miles de colombianos y ecuatorianos y peruanos que se dan cita cada 24 de septiembre en un pueblo que no existe durante el resto del año, pero que ese día es el centro del mundo. Allí llegan a venerarla, a celebrarla y a embriagarse en su honor. Se arrodillan ante ella en el mismo sitio en donde la dejaron tirada hace más de doscientos cincuenta años, ese sitio en donde los que la transportaban decidieron que Mercedes era demasiado pesada para arriesgarse a llevarla por el filo de la montaña hasta Bogotá. La abandonaron ahí, en un pueblo perdido al sur-occidente del Huila, aunque tal vez fue ella la que escogió a Nátaga como su hogar para poder ser, desde entonces, su virgen protectora.  

 

Carlos Ospina

 

La Basílica de Nátaga, hogar de la Virgen de las Mercedes.


Por Ana Gómez

 

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