Historias Cruzadas

11/11/2017

 


Cinco de la mañana, Buesaco, Nariño. Dos mil cincuenta metros sobre el nivel del mar. Despierta don Roberto Giraldo. Aún no sale el sol, pero la noche empieza a resquebrajarse para pronto dar paso a los tonos rosas de la aurora. Don Roberto toma el desayuno de siempre, huevos pericos, pan con mantequilla y un sorbo de su propio producto. Con el alba está listo para iniciar su jornada.

Siguiendo los pasos de su padre, don Roberto ha sido caficultor desde que tiene recuerdo. Tiene cincuenta y cinco y ha dedicado al café más de la mitad de su vida. Se inauguró en la labor agrícola en la pequeña parcela de la familia, donde a la corta edad de diez años, como marcaba la tradición, pasaba las tardes después del colegio aprendiendo el oficio de “su viejo”.

Muchos factores intervienen en la producción de un buen café. Su origen para empezar. Sin embargo, don Giraldo sabe que la labor más importante recae en sus manos, desde seleccionar la semilla perfecta hasta su secado al sol, lo que los caficultores llaman beneficio. Es un proceso arduo, de un año,en donde él desempeña el rol protagonista. Siembra, desyerba, poda, recoge, despulpa, fermenta, lava y seca: del rojo a tu mesa.

Cuando el día aprieta, en las horas en donde el trabajo se vuelve mecánico, Giraldo se preocupa por el porvenir. Aunque ama su labor y no sabría dedicarse a otra cosa, esta ha requerido muchísimo esfuerzo. Don Roberto ya siente sobre sí los efectos de toda una vida levantando pesadas cargas, aguantando sol y lluvia, los cayos en sus manos no dan a engaños. Qué pasará cuando él se haya ido, quién cultivará sus parcelas, sin un relevo generacional a quien pasarle el testigo, quién se encargará de cuidar su café.

Seis y cinco de la mañana. Amanece en Bogotá. Desde hace cinco minutos que suena sin parar la alarma del celular, aunque para Lorena se sigue oyendo como un eco distante. Las sábanas hacen juego con el frío capitalino y salirse de ellas amerita un acto de valentía. “Vamos, que es hora de pararse” se dice a sí misma. Se levanta con los ojos todavía cerrados y se dirige por intuición hacia la ducha.

A dos mil seiscientos metros de altura, en un noveno piso, Lorena cree más sencillo andar a pie hasta el cielo que tomar el Transmilenio hasta su trabajo al otro extremo de la ciudad. Más de cuarenta y cinco minutos de apretujones en un vagón la separan de su destino. El tiempo no le alcanza para prepararse, menos para cocinar un desayuno decente. Nada, tocará pan de bono y chocolate por el camino, si quiere sortear el trancón matutino.

Como cada mañana Lorena Meneses se detiene frente al closet y saca sus prendas. Plancha la camisa y el pantalón del uniforme. Se mira al espejo e inicia su pequeña producción rutinaria, un maquillaje sutil y el cabello bien peinado y recogido. Para ella, la jefa de departamento tiene que liderar con el ejemplo y eso incluye una imagen impecable, todos los días sin excepción.


La Licenciada Meneses, como la conocen sus colegas, se cerciora una vez más de que todo está en orden y no se le queda nada. Debido a las largas distancias capitalinas, cualquier olvido, más que un descuido, sería una catástrofe. Consulta su reloj, todavía quedan unos segundos para pasar rápidamente por la cocina.

Frente a la despensa, de repente, se encuentra don Roberto. Tranquilo como siempre, cargando a cuestas su mochila. Saca de ella una bolsa de granos recién tostados, aún se percibe ese aroma tan único de un café recién tostado, y un pequeño molino. Muele los granos ahí mismo, ante la mirada atónita de Lorena. Qué ocurre en su cocina. Mira su reloj, si no sale ya llegará tarde a la oficina. Don Roberto revisa uno a uno los cajones de la cocina hasta encontrar una vieja greca que parece más una herencia de los Meneses que una adquisición de la chica. No la ha usado nunca.

Giraldo llena la greca de agua y echa el grano recién molido al ras del filtro, empujándolo suavemente hasta que quede compacto. Lentamente sube el café, el aroma inunda el pequeño apartamento. Aroma que inaugura y huele a mañana, que invita a iniciar con paso firme la jornada.

Es ahora Lorena quien sin pensarlo saca dos pocillos de una alacena y ofrece uno a don Roberto. Este toma la greca caliente con el café fresco y sus manos curtidas por décadas de trabajo. Sirve dos tazas de café. El momento ofrece un paréntesis, una conexión entre el campo y la ciudad, un breve instante en el que el imperativo más apremiante es no dejar enfriar la bebida.

Una en Bogotá, uno en Buesaco. No comparten una simple taza, comparten historias de vida. No cruzan palabra, no hace falta. No es por arte de magia, es un poco de café.
 

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