Nabusímake

12/09/2017

El cielo está nublado. Parece que va a llover. El café endulzado con panela calma el frio. Amanece, vuelve la luz. Las nubes se disipan y se ven las montañas, cuántas. Las casas construidas con barro y techos de paja aparecen en los lugares más impensados de estos paisajes, en las laderas de estas montañas deshabitadas para el ojo rápido. Café, desayuno, botas. El camino es angosto. No transitan carros, tal vez alguna mula, algún caballo. Hay que caminar. Se camina. Los animales caminan libres. Ovejas, marranos, mulas, caballos, gallinas. Sus dueños vendrán a buscarlos cuando sea la hora, sabiendo que nadie va a tocar lo que no le pertenece. Crece la montaña, el camino empinado, las piernas arden, el indio no para. Un naranjo en la cima de la montaña sirve de punto de hidratación. No hay tiendas en kilómetros, no importa. Sobran naranjas en esta época del año. Cruzan Arhuacos en todas direcciones, parece que caminan solo por el placer de recorrer sus tierras. Saludan, en su lengua o en un tímido español. Las mujeres van tejiendo sus mochilas mientras cargan a un niño, los hombres mascando coca. El cielo ya es de un azul profundo y abajo corre el río Fundación, en algunos días llegará a Santa Marta luego de haber atravesado la Sierra. El camino se convierte en selva. Espesa, difícil. Las botas no soportan más barro. Y al fin se abre un claro, unas piedras húmedas, un ruido fuerte y, al frente, el salto. Una cascada enorme que cae con fuerza – casi con rabia –, sobre un poso de agua helada que el cuerpo no aguanta más de tres segundos.

 

 

 

 

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