Azahar

09/07/2017

(En las cercanías de Pereira)

Llevaba muchos años sin ir a la finca, quince años tal vez, se había ido a Medellín, se casó, fue padre. Ahora volvía solo, amargo, sin fecha de regreso, sin a donde regresar. Volvía al viejo cafetal buscando las respuestas que el cemento nunca le supo dar. Allí nada había cambiado, su hermana luchando contra la roya, los bajos precios, el banco, el clima. Él no lo vio o no lo supo ver sino hasta mucho después, cuando dejó su encierro como si lo hubiesen llamado de urgencia a un teléfono que ya no existía y le hubiesen gritado al oído la palabra libertad hasta dejarlo sordo. Se internó en el cafetal. Época de cosecha, cerezas rojas. La idea lo impactó como un rayo en medio de un soleado día de verano: recordó el amor de juventud, con sus tardes interminables entre cafetales y naranjos, época feliz. De su compañera infatigable solo sabía que estaba en Cali y que era profesora. Se despidió de su hermana, dijo que iba para el Valle, tal vez regresaría. Su hermana lo había entendido todo. Volvió semanas más tarde, la cosecha había terminado y los cafetos florecían. No volvía solo, traía un Azahar.

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