Capitulo final de la primera parte de esta Travesía

11/02/2017

El día que mataron a Justo se me acabaron las ganas de vivir. Fue el café el que me salvó la vida.

 

Eran casi las diez y yo ya salía para la casa de Justo, íbamos juntos a Pasto. Él tenía carro y una carga de granadillas para ir a vender. Yo tenía una cita, o más que una cita, una urgencia médica inaplazable. Quedamos a la diez porque ese día solo salía un carro y era en la tarde. Su casa estaba subiendo por la carretera, a unos quinientos metros de la mía. Estando en el portón de la casa que había comprado cuando me casé tantos años atrás, escuché a mi mujer que me llamaba afanada.

 

-Mijo, la manguera del semillero no está regando más.

 

Era un día de esos soleados y calientes, del verano que sabe hacer acá en el mes de agosto. Si dejaba la tarea para cuando volviera, no iba a encontrar nada vivo. Y el café es lo que nos mantiene vivos. Aquí no nos sobra nada pero sin café nos faltaría todo. Es el sustento de este pueblo. Así que no podía dejar el arreglo para después.

 

-Mija, Justo me está esperando, a lo mejor baja si no me ve llegar. Si viene dígale que no me demoro.

 

A Justo lo conocí veinte años atrás. Fue cuando compré esta casa recién venido de Bogotá, de donde volví porque mi madre estaba muy enferma y mi señora y yo somos de aquí. Recién llegué me metí a la junta veredal. Éramos varias las parejas jóvenes y nos organizamos porque en esta vereda no había nada. Nada. Ahí conocí a Justo. Él acababa de heredar la finca de su padre, finca grande, cafetera, y también se acababa de casar. Con Justo y otras parejas jóvenes armamos una plancha y quedamos: los pobres siempre somos más. Trabajamos mucho. Trajimos la electricidad, el teléfono, la primera escuela de la vereda. Ahí forjamos la amistad con Justo.

 

Pero cuando la violencia se puso pesada nos salimos de la política. Por la carretera, arriba, pasaban los paracos y abajo, por el camino de Policarpa a La Cruz iba la guerrilla. Así que aquí caía el sol y todo el mundo a dormir. Irónico ¿no? Trajimos la electricidad pero no podíamos encender la luz. Y al que ayudaba a unos, lo mataban los otros. La gente se quería ir de acá y yo los entiendo. Vivíamos con miedo.

 

 

 

Pues me fui a arreglar el riego del semillero y mi mujer se quedó frente a la casa. No me habré demorado más de diez minutos cuando, saliendo otra vez a la carretera, vemos a una mujer correr trabajosamente hacia nosotros. Al principio no la reconocí, luego nos dimos cuenta que era la hija de Justo y llegaba sudada, sin aliento, con lágrimas en los ojos y no podía pronunciar una sola palabra. Le dije a mi mujer que se quedara con ella y salí corriendo para donde Justo. Cuando llegué el sudor que me caía de la frente no me dejaba ver con claridad. Estaba la camioneta de Justo detenida en el medio de la carretera. Me sequé el sudor con la manga de la camisa y me acerqué por detrás hacia el asiento del conductor. El panorámico estaba destrozado, el suelo del carro lleno de vidrios y allí, baleado y muerto, estaba Justo. Su sangre empezaba a gotear sobre el asfalto de la carretera, sobre los vidrios rotos.

 

No había nadie alrededor. Lo estaban esperando, lo mataron y se esfumaron. Nunca supimos si habían sido los paracos o la guerrilla. Nada cambia. Menos supimos la razón. Ahí se me acabaron las ganas de vivir. Yo debía estar en esa camioneta que salía para Pasto, sentado junto a él y debí haber corrido con la misma suerte, ¿suerte?, pero un semillero de café me salvó la vida.

 

Hoy agradezco la paz, así nos toque pagarla. En este pueblo la pagaremos con café.

 

 

*Es el último de esta primera parte, porque el mes de noviembre vendrán amigos de la casa, escritores invitados, a contarnos sus Historias de Café. Esta Travesía, a la que le falta recorrer tres departamentos, volverá muy pronto.

 

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