Don Lucio

10/19/2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue el Apolinar el que me dijo que me presentara, que era buena paga. Me tocó ir hasta El Bordo. Nos presentamos cinco y estuvimos dos meses haciendo pruebas. Al final nos contrataron a dos. Estuve en el Servicio de Erradicación de Malaria desde el 68 hasta el 78. Diez años recorriendo los sitios más recónditos de este país. Recuerdo mucho un viaje en canoa desde el Putumayo hasta Leticia. Esas casas altas, con chonta, para evitar las culebras. Es que el día que menos culebras veía, veía cinco. Un día nos metimos a bañar al rio y cuando salimos y nos fuimos a poner las botas, había una culebra dentro de una de las mías. El susto y el grito, ni le cuento. Había una casita a borde del rio y sale una señora preguntando que qué pasa, que qué es la gritería. Y nosotros, que éramos dos, le gritamos que un hombre, que un hombre pa’ matar una culebra. Un hombre, pregunta la señora, y ustedes qué son. Después supimos que tocaba echarse creolina y que con eso se espantaban las culebras.

 

Yo me habría podido jubilar ahí, pero volví a la finca por mi mamá. Recibí la herencia en vida de estos cafetales. Y aquí me quedé. Estas tierras vienen desde mis abuelos, ellos ya eran cafeteros. Me dediqué a esto, me enamoré de esto. El café es vida y yo le estoy muy agradecido. Hoy tenemos quince mil matas y de esto vivimos mis dos hijos –que estudian sus carreras en Cali y que cada tanto vienen a ayudarme con la finca-, mi señora y yo. Sí, es difícil, hay que meterle otras cosas, plátano, maíz, frijol, pero como le conté, el café es vida y además aquí ya no se cruza uno culebras, o no de esas por lo menos.

 

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