El Andariego

09/11/2017

Les voy a contar la historia de un personaje que es uno y es muchos a la vez. Un personaje que se representa a él, claro está, pero que representa también a una especie casi en vía de extinción –aunque esto no me atrevo a afirmarlo del todo, menos en este país hogar de lo imposible- y que, aunque escondido en las sombras de la mala publicidad, ha hecho parte del paisaje cafetero colombiano desde siempre. Les voy a hablar de un hombre –porque así fue y así es- que anda al país guiado por una brújula que apunta siempre a la próxima cosecha, un hombre que tiene el ojo puesto en el siguiente palo, en la siguiente cereza, en el siguiente grano de café. Un hombre que deja depender su vida y la de su familia de la combinación entre velocidad, habilidad y experiencia que sus manos puedan encontrar. Si amanecen lentas, la paga puede no llegar al fin de semana. Es un hombre con callos en los pies, en la manos, es tal vez más callo que hombre. Un hombre con la piel quemada por el sol, ese sol que pega tan fuerte en las laderas de las cordilleras andinas, allí donde crece el café más suave del mundo, allí donde la montaña es empinada, imposible de escalar, pero no imposible para este hombre, que la escala con carga al hombro y bota de caucho.

 

Este hombre del que les hablo es un hombre humilde, un hombre del campo. Nació en Padua, entre Fresno y Herveo. Apenas tenía once años cuando murió su hermano –el único de nueve hermanos que no lo logró-, y se llevó consigo a su madre quién no supo superar la muerte de su hijo y fue absorbida en diez y ocho meses por una depresión profunda. Su padre, bebedor, vendió la finca –una buena finca cafetera y cañera, que no era del padre sino de la madre, pero esa es otra historia- y se llevó a los hijos más jóvenes a Santa Rosa de Cabal, entre esos a nuestro hombre. Él, nuestro hombre, trabajó allí en lo que pudo, en lo que su edad le permitía –o lo obligaba. Trabajó para pagar las borracheras de su padre y la comida de sus hermanos. Sí, así. Trabajó y trabajó y aprendió de su oficio hasta que un día un señor cafetero le ofreció techo y comida a cambio de su trabajo y a cambió de dejarlo todo. Con él se fue.

 

Y ahí se hizo hombre nuestro hombre. Perfeccionó sus habilidades, creció y templó fuerzas, y ya con la edad suficiente emprendió ese camino que han emprendido tantos jóvenes colombianos en la historia de nuestra ruralidad. Chuspa en manó agarró esa brújula que apunta a donde ya sabemos y salió a recorrer el país y a recoger su café y a recibir su pago por kilos y a vivir la vida. Y fue viviendo la vida que se casó con la negra y tuvo hijos y volvió a Santa Rosa a administrar la finca de aquel señor.

 

Pero incluso así, familia y responsabilidades al hombro, este hombre saca cada tanto del cajón de su mesa de noche aquella vieja y empolvada brújula, y como poseído por ella se vuelve a calzar sus botas de caucho y antes de que salga el sol cierra tras de sí la puerta de la casa y va en búsqueda de los palos más cargados. A este hombre, nuestro hombre, el primero que se le aparece al grano cuando se separa de su mata, lo llaman el andariego y va recorriendo el país detrás de las cosechas que le dan vida.  

 

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