Entre el campo y la ciudad

09/28/2017

“El campo es tiempo, es libertad, es andar la finca, es cuidar cada palo de café, es vida, es felicidad, es aire libre y yo le tengo un cariño muy grande. De pequeño siempre le dije a mi papá que quería mi finca, administrarla a mi manera, cuidarla a mi manera, él me inculcó esta pasión. Cuando tenía ocho él se compró una finca cafetera en Belén de Umbría y ahí conocí este grano que se volvió mi vida, el café es algo muy bonito. Un día se le presentó un negocio para comprar treinta hectáreas en El Águila, al norte del Valle y me dijo que si quería entrar ahí. Yo estaba estudiando y trabajando en Cali en ese momento y sin pensarlo le dije que sí. Empezamos a levantarla, día y noche, llegando el punto en el que yo manejaba todo, era mi pasión, y me dio para comprarle su mitad, ahora la finca es toda mía. Ya son quince años trabajándola, tenemos casi cincuenta mil palos de café, al principio era caturro, ahora son variedades. Incluso tengo seis mil palos del arábigo común, del primero que llegó al país, grueso, bonito, dulce y no los cortaría por nada. Sí, soy joven, pero esta ya es la labor de una vida, una labor libre. Hoy todo el mundo se quiere ir para la ciudad, a buscar otros trabajos, dejando el campo, olvidándolo, sabiendo que el tesoro más grande se esconde allí. Por eso yo preferí quedarme”.

 

Carlo, joven caficultor de El Águila, Valle del Cauca. El recambio generacional es una tarea difícil que afronta hoy el país rural, pero no una tarea imposible.

 

 

 

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