La Ruta IX

12/23/2017

 

Justo cuando iba a comenzar a escribir el que fue, hasta ahora, el trayecto más, ¿cómo ponerle? ¿interesante? ¿sabroso? ¿movido? ¿accidentado?, llamativo digamos, de esta travesía, se fue la luz.

 

Unas horas antes, un bus salido de Santa Marta nos dejó en ‘la frutera’, sector comercial a la entrada del municipio de Ciénaga, Magdalena. Allí almorzamos mientras el cielo se oscurecía. Almorzados, salimos a la carretera frente al restaurante a esperar algún transporte que nos acercara hasta la entrada a San José, en donde se encuentran moto taxistas que, por el precio justo, lo llevan a uno hasta Macondo si quiere. El calor y la humedad que incrementaban al borde de la carretera nunca han sido una buena combinación para un bogotano.

 

A los veinte minutos, ya con la camiseta empapada en sudor, pasó una pequeña van con puerta semi-automática: sí, se abría según el tamaño del hueco o la fuerza del frenazo, y se cerraba con un elegante chancletazo por parte del ayudante, el mismo que nos aseguró, cuando ya estábamos instalados en los amplios asientos traseros, que el pasaje nos estaba saliendo barato. Ya cuando a uno le dicen eso, apague y vámonos.

 

Pues ahí nos dejó, barato y todo, en la entrada a San José, cruce de caminos y hogar de moto taxistas. Creo yo que fue por la nube negra que ya se posaba sobre la Sierra – y sobre el camino que aún debíamos recorrer –, que no se abalanzaron sobre nosotros desesperadamente para ofrecernos sus servicios de transporte.

 

Al final conseguimos a dos osados que, al fin y al cabo, tenían que subir hasta San Pedro porque allí vivían. Nosotros íbamos para una finca adelante de este pueblo a entrevistarnos con un caficultor. Arrancamos.

 

Cielo negro a las dos de la tarde. La primera media hora de camino transcurrió con normalidad y no cayó ni una sola gota de agua y hasta un poco del paisaje logramos disfrutar. Paisaje hermoso de la inmensa Sierra Nevada. Fue antes de llegar al peaje de San Pedro que se empezó a sentir una leve llovizna. Como buen bogotano acostumbrado a las fuertes y constantes lluvias capitalinas, no me espanté.

 

Pagamos el peaje, dieron paso y la moto aceleró a fondo por los únicos doscientos metros pavimentados por estas tierras. Cuando volvíamos a la zona de trocha, piedra y lodo, se largó un aguacero bravísimo. Preocupado, le pregunto al moto taxista si nos falta mucho. Siempre hartico, me responde medio resignado. Él había olvidado su impermeable aquella mañana.

 

Así empezamos a subir hacia San Pedro, con una ropa que no aguantaba una sola gota de agua de más. Asumo que la vista que tiene esa carretera debe ser hermosa. Qué sé yo. No se veía a más de dos metros de distancia. Imposible entre la lluvia y la niebla.

 

Y la lluvia no se calmó. Llegamos a San Pedro un largo rato después y mientras el conductor iba a buscar su impermeable y una chaqueta seca a su casa, yo, bueno, yo nada, ahí, en la esquina de una tienda, entumido del hijueputa frio, con tres chiros en la maleta y rezando por que no se fueran a mojar también.

 

El moto taxista regresó seco y sonriente. Continuamos. No estábamos lejos de la entrada a la finca. Serían diez minutos y yo le calculo que íbamos cinco y ya comenzaba a escampar, cuando a este tipo le da por derrapar con la llanta trasera y si no es porque yo alcanzo a poner el pie en el piso, de culo nos hubiéramos ido. Cuando se recompuso, si es que se recompuso, lo vi pálido. A mí no me pareció tan grave, solo un golpe en la espinilla, pero bueno, esa será otra manera de asumir mi ‘bogotanidad’.

 

Al rato llegamos a la entrada de la finca. Ese último tramo se hizo eterno – en cualquier momento nos íbamos al piso – y finalmente nos dejó a la entrada: un camino imperceptible para el transeúnte desorientado que por allí pasa sin conocer los linderos. Un caminito embarrado, empantanado y cagado por cuanto animal, querido lector, se le pueda ocurrir. Yo ya no entendía por qué seguíamos ahí, en vez de habernos metido al primer hotel de San Pedro, si es que existía alguno. El caminito nos llevó hasta una casita en donde, efectivamente, vivía el caficultor a quién buscábamos. Dos de sus trabajadores que escampaban a la entrada nos dijeron que el dueño había salido a medio día para Santa Marta. Mierda.

 

¿Qué hacemos?

 

Nos devolvimos por el mismo caminito. Este salía a una vía terciaria, muy terciaria, y por allí no iba a pasar nadie, menos con ese clima. Yo ya no estaba entumido, sino emputado. Caminamos hasta la ‘principal’ y decidimos seguir hasta San Javier, el siguiente pueblo, en donde sabíamos que había un hotel. En algún momento cruzó una moto en la misma dirección en la que íbamos y logramos convencer al señor, por una ‘módica’ suma – barato, recordando al personaje de hace algunas horas –, de que llevara a uno y volviera a buscar al otro.  Ya anochecía.

 

Llegamos finalmente al hotel. Una casa enorme con tres cuartos al fondo, pequeños pero con baño privado, habilitados para recibir huéspedes. El hospedaje del señor Vásquez, un palmireño que recorrió doce departamentos antes de quedarse definitivamente en la Sierra junto a su mujer, sus hijos, sus nietos y un paisaje que no tiene otro lugar del país: la Sierra, Ciénaga, Aracataca, Barranquilla y el mar, todo en un mismo marco. Y hay que decirlo, la familia de Vásquez nos trató como reyes desde que llegamos. Tómese este tintico pal frio joven, fueron las primeras palabras de su esposa.

 

Finalmente pude cambiarme y ya secos nos sentamos a comer. La ropa de la maleta, gracias Dios, había sobrevivido. Luego de la comida me fui al cuarto a descansar. La lluvia se había intensificado y cuando abrí la puerta pude ver una gotera, que más que una gotera era un chorro de agua que caía sobre mi cama. La pena que le dio a la señora de Vásquez. De inmediato me cambiaron para el otro cuarto, el único que quedaba disponible. Si a este le sale alguna vaina, me jodí, dije cuando ya todos habían salido y yo finalmente cerraba la puerta y me quitaba las chanclas para poder acostarme.

 

Acostado, abrí la libreta. Saqué el esfero del fondo de la maleta y justo cuando comenzaba a escribir esta historia, se fue la luz …

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

 
Please reload

ENTRADAS RELACIONADAS

  • Black Facebook Icon
  • Black Instagram Icon
  • Icono negro TripAdvisor
  • Black Twitter Icon
  • Black YouTube Icon

Don't miss a cup

This site is property of Travesía, a brand of Camino de Café S.A.S.

CONTACT US