La Ruta V

09/19/2017

¿Cómo se hace para no querer quedarse en el Valle del Cauca?

 

Baja uno desde Pereira en una buseta que no vale más de cuatro mil pesos. El paisaje se va transformando de la ciudad que oficia como puerto principal del eje cafetero, en un paraíso que se abre a la perfección entre las dos cordilleras que lo rodean y que lo separan por un lado del centro del país y por el otro del océano pacífico. Llama el olor a caña y a salsa.

 

Llego a Cartago. Las últimas estribaciones del eje cafetero y de la colonización antioqueña. Es cierto, estamos al norte del Valle, pero el acento paisa no engaña, así como la cultura de sus gentes.

 

Hace calor. En el parque Bolívar me tomo un jugo de naranja entre viejos señores que se vuelven a contar las mismas historias de siempre, allí, entre los puestos de café ambulantes que cercan la plaza: son adictos al café.

 

Dos cuadras más allá, y después de haber comido un pan de yuca, busco la vieja casa en donde mi abuelo vivió y curso algunos cursos en algunos años de su infancia. La encuentro pese a las pocas indicaciones y lo mucho que debe haber cambiado todo desde la última vez en la que él estuvo aquí. Casona enorme de dos pisos, blanca y de bordes pintados en un amarillo vivo, con pequeñas terrazas que brotan de las puertas del segundo piso, unas puertas que por su diseño dejan entrever que fueron mandadas a hacer para esta y solo esta casa. Un casa de estilo colonial. Al frente, una placita en donde me imagino a mi abuelo patear balones de cuero hace ya varias décadas. Lo llamo, se emociona, me cuenta la historia.

 

Subo al parque lineal. Allí me encuentro con personajes venidos de El Águila y El Cairo, municipios cafeteros del norte del departamento. Campesinos, caficultores. Con ellos nos quedamos charlando un buen rato al calor de varios tintos, antes de que llegue la hora de almuerzo y de que el sol no nos deje estar más por las calles y nos toque esperar a la tarde para volver a vernos y seguir contando historias y tomando tinto.

 

Es apenas el norte del Valle y yo no me quiero ir nunca. Ya veremos, por ahora un aborrajado.

 

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