La Ruta VI (Escala en Cali)

10/12/2017

Primera parte

La pausa comercial terminó con el anuncio de un banco en donde todo puede ser mejor, una pausa que ya se tomaba más tiempo del que los directores de la radio dedicaban a la transmisión misma. Terminó la pausa, decía, y sin que entendiéramos mucho lo que había sucedido en el partido, el narrador parecía ahogarse en un grito interminable que solo varios segundos después nos dejaría entender que uno de los dos equipo había marcado. El narrador finalmente no se ahogó, respiró profundamente y soltó un nuevo alarido que tardaría tan solo la mitad del primero, cuyo final por fin anunciaría, en vivo, que el gol había sido marcado por Santa Fe, que a esa hora ya le ganaba al Cali por dos a cero. El taxista que nos llevaba, hincha de Cali como bien se podía esperar por ser esta la ciudad a la que acabábamos de llegar, bajó el volumen de la radio y lamentó menos el gol que la situación deplorable de su equipo en los últimos torneos. Más que un lamento, el movimiento lateral de su cabeza, de por sí ya gacha –cosa preocupante en alguien que se encuentra conduciendo un vehículo-, dejaba entrever una profunda y larga resignación. Pero ni sus gestos lamentables –o de lamento, como prefiera verlo el lector, que al final es lo mismo cuando se trata del rentado local-, ni la transmisión radial del partido que otra vez anunciaba establecimientos bancarios y marcas nacionales de cerveza, lograron establecer conversación alguna entre él y nosotros. Nosotros. Nosotros que habíamos detenido ese mismo taxi cinco minutos antes en el Terminal de Transportes de Cali, recién llegados de Pereira pero venidos de Bogotá. Rolos, turistas y sin saber dónde íbamos a dormir aquella noche en la sultana del Valle. Sí, habíamos pensado tanto en el motivo que nos traía a esta ciudad que, absortos en el ambiente que siempre promete esta ciudad, olvidamos completamente separar alguna cama de hostal, algún cuarto de hotel o simplemente llamar a algún amigo caleño. El uno pensó que el otro lo había hecho y viceversa, y al final nos encontramos en el Terminal, emocionados, contentos y sin saber dónde íbamos a dormir. Se arregla en un dos por tres, pensé. Era cuestión de llamar a algún hotel, a algún hostal y una habitación íbamos a encontrar. Pues no. El mismo motivo que nos había traído, nos impidió encontrar algo a esa tardía hora en la que la flota nos había dejado en el terminal. Estaba todo lleno, o tan caro que se nos salía del presupuesto. Quedó la opción de la llamada a un amigo, que a esa hora ya daba pena, pero la respuesta, aunque no definitiva, fue alentadora: caigan acá y vemos. Así cogimos ese taxi en el que ahora perdía el Cali contra Santa Fe, con rumbo al parque del perro –el taxista, absorto en sus lamentos, parecía no tener mucha idea de donde quedaba- y sin saber dónde dormiríamos esa noche. Poco importaba. Era sábado, la noche en Cali caía y la vida despertaba. Herencia de Timbiquí era el grupo encargado de cerrar, esa misma noche, el Petronio Álvarez y por eso estábamos allí.

 

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