Los ocho (8) beneficios de tomar café mientras escribes

Se toma café para seguir escribiendo. O se escribe para seguir tomando café. Se toma café para seguir despierto, no se puede escribir dormido. Quizá se puede, escribir dormido, pero al despertar se ha olvidado todo. No todo, apenas lo central. Se toma café para estar menos sólo. Ojalá no se escriba para algo tan cursi. Se escribe para contar lo que no se dice al calor de un café, dejémoslo en eso. Algunos sonríen mientras sueñan. Todos despertamos amargados y buscamos un café. Entonces despertamos. Algunos, yo, madrugan a escribir y a tomar café para estar más despiertos. Para estar más despierto, para ver el mundo de nuevo, se escribe. O no, o nada de esto es verdadero. En últimas no se escribe por el gusto de escribir sino por el gusto de haber escrito. Es una cita, de no recuerdo quién. Todo es una cita de no recuerdo quién.

No una cita, una consecuencia. Una consecuencia de quien por primera vez se tomó una taza de café. ¿Qué es tomarse un café al lado de habérselo inventado? Lo mismo que es escribir un libro al lado de leerlo. Se escribe con un café al lado, con el riesgo de que caiga sobre el teclado y se pierda tanto esfuerzo. El café, corrector incuestionable, borrador definitivo que al tocar las tripas electrónicas del teclado condena a muerte por electrocución a las palabras virtuales. Y todavía algunos, yo, tientan la suerte con una taza de café junto al computador, donde otros aparatos traían el mouse. Nadie sabe del todo si vale la pena lo que escribe. Para eso hace un café, para asegurarse un triunfo.

 

Existe debate si, a la larga, el café es bueno o malo para el cuerpo humano. Depende, es siempre la respuesta correcta. Pero es también la mejor forma de devolver la pregunta. De devolverla como un café hirviente que se regodea en el aire cuando ya nada le impide cumplir su camino, diría su destino si no sonara pomposo, y quemar la pierna de quien no lo supo manejar. Dicen los expertos que se maneja mejor un trauma después de ponerlo por escrito. Una experiencia traumática. Propia o ajena. Los mismos expertos advierten, está bien no los mismos pero igual de expertos, acerca de los riesgos del consumo excesivo de café. Los estudios estadísticos con cientos de voluntarios, con mil daneses, con las comunidades menonitas cuya dieta no ha cambiado y por eso es menos una dieta que un experimento natural, no le dicen nada a una única persona cuando se toma un café. Nadie se toma un café promedio, se toma el café que tiene en frente para mantenerse despierto, para leer de nuevo lo recién escrito, por uno o por cualquiera, por un menonita, tampoco importa tanto.

 

Las bibliotecas lamentan la lenta desaparición de los libros con marcas de café en alguna de sus páginas. Rastro de lectores agradecidos de los largos testimonios de escritores salvados por la escritura. Se leen esas pues las historias de quienes ya iban muy avanzados en el descenso hacia al abismo no llegaron a contarse. Eso. Pensar que la escritura salva una fea inmoralidad. Salva el café, siempre, a diario. El único beneficio de tomar café, el mismo de escribir; hacer lo que se venga en gana. Así el libro no tenga buen sabor, así el café aburra. Mejor si se hace bien pero no se hace por eso. Se hace por hacerlo, aunque sea inútil. Porque es inútil.  

 

Juan José Ferro Hoyos

Twitter Juan José Ferro: @jjferroh 

Sobre su ultima novela, Saber y Ganar: ‘Los ancianos no siempre son enternecedores’

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