Venga le cuento

08/22/2017

Venga le cuento. Yo empecé con nada, o bueno, mejor, con tres mil pesos, de los de la época que sí valían algo, aunque eso ya fue después. Vea. Nací en Fresno y de mi familia ni hablemos, me fui muy joven de la casa, con mi padre la cosa no andaba y el campo, o la vida que es lo mismo, me llamaba. Me dediqué a jornalear por las fincas de Fresno, Herveo y Caldas. Era duro pero no me quejo. Me movía mucho entre las fincas, los pueblos y las veredas del norte del Tolima. Y claro, tampoco podía quedarme quieto por ahí, siendo hijo de un reconocido liberal en una zona que se volvió tan goda, tenía que mantener un perfil bajo. Lo que sé de café lo aprendí ahí, a puro pulso: lo que es recoger café en esas laderas empinadas, no se imagina. Pero eso sí, no le voy a mentir, joven y sin responsabilidades, me bebía hasta el último centavo de cada jornal o me lo gastaba en putas. Qué más íbamos a hacer, así comencé.

 

Una noche en una taberna en Fresno se armó una pelea brava, a machete como era en la época. Yo no tenía velas en ese entierro, pero algo tomado, me dio por meterme a separar a uno de los dos tipos que ya se caía de la borrachera y que de esa noche no hubiera pasado. No sé cómo logré sacarlo de ahí. Me alcanzó a decir donde tenía el caballo y salimos pitados de ahí. Pues resultó ser uno de los hermanos Patiño. Los tipos, dos hermanos que no se habían tenido que ganar un jornal en su vida, hijos de don Rubén Patiño, acababan de heredar la fortuna en tierras de su padre y se dedicaban a bebérsela. Vagos y borrachos.

 

Terminé haciéndome amigo de ese par de personajes, esa amistad sincera que nace entre borrachos. Al poco tiempo ya me estaban insistiendo en que me quedara en una de sus fincas, que me iban a hacer administrador, que no siguiera perdiendo el tiempo entre jornales, que ya estaba grandecito –ellos eran bastante mayores que yo-, que ellos me iban a ayudar. Promesas de borracho, pensé, pero insistieron tanto que terminé quedándome.

 

Me fui a administrar uno de sus tajos por los lados de Herveo, aunque administrar es un decir, era más bien levantar un lote que estaba muerto, puro monte, espeso. Hay que decir aquí que este par de borrachines debían su fortuna a una herencia cuyo valor sentimental poco les importaba. Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que lo único que hacían con sus tierras era venderlas para pagar sus deudas en las tabernas. Que se acabó la plata, véndame Los Naranjos, que no hay pal ron, véndame Las Delicias, y así. Y yo me iba dando cuenta del asunto y por eso guardaba una platica, unos ahorros en caso de, y bueno, también conocí a María y ya con ella era a otro precio, se fueron acabando las noches de tragos y al poco tiempo nos casamos y ella se vino a vivir conmigo ahí a la finca. Pero las condiciones eran precarias, no podía mantenerla así.

 

Trabajando con los Patiño fui conociendo sus terrenos y al poco tiempo ya tenía entre ojos un ranchito hermoso, a borde de carretera, con un buen cafetal que daba una cosecha generosa, una casita bien levantada, en fin, un sueño que se fue haciendo más y más fuerte con el embarazo de María. Yo solo estaba esperando el momento para saltarle encima a ese terreno. Fueron pasando los meses y la idea de que me vendieran el rancho iba cogiendo fuerza. Cuando les dije, a los Patiño, me dijeron que por ser yo me lo dejaban en seis mil pesos, que por menos no podían. No era poco, pero era un buen precio. Yo había logrado juntar tres mil.

 

Me demoré unos meses pero terminé consiguiendo un socio ideal. Un tipo joven, José Antonio Ramírez, juicioso, sin vicios, sin hijos y con la plata. Vamos mitades, le dije y dividimos el rancho y la cosecha, había espacio para todos. Le gustó la idea y sin reservas aceptó.

 

Pero resulta que yo era muy amigo del abogado de Fresno que manejaba los asuntos de tierras y me lo vine a encontrar en el parque un día que subía a la compra de café. Don Roque cómo le va, le pregunté. Y el tipo que me responde, pues hombre, ahí con el mierdero de las tierras de sus jefes. Cómo así. Sí, a los tipos se les acabó la parranda, les van a quitar todas las fincas, están endeudados hasta el tuétano y ya hace rato que no tienen cómo pagar, le deben al banco, a la federación, al gobierno y a cuanta tienda que venda alcohol en el norte del Tolima. Y ahí empezó la angustia. Póngale. Claro, yo estaba a un par de semanas de hacer la compra y me entero de que a los Patiño ya no les queda nada. En la quiebra, así como lo oye, y mi ranchito estaba ahí metido. Mierda.

 

Salí volado a buscar a José Antonio, a contarle la vaina, y decidimos ir a hablar con don Roque, echarle el cuento, contarle del ranchito que ya íbamos a comprar, que era solo firmar, que ya teníamos la plata, que María, que el peladito que ya iba a nacer, que José se quería instalar. Y si nos tocaba darle su parte pues se la dábamos.

 

Pues no, el tipo nos dijo que no nos preocupáramos, que el arreglaba todo y que la tierrita era nuestra, pero que igual teníamos que pagarle a los Patiño los seis mil pesos para que no se sospechara nada y que él iba a hacer todo el papeleo como si la finca la hubiéramos comprado mucho antes de que ese par de borrachos cayera en desgracia. De los hermanos no volví a saber, se fueron de Fresno y se los tragaría el alcohol, esas cosas que tiene la vida. Pues bueno, así fue, con tres mil pesos comencé cuarenta años de café. ¡Y lo que ha pasado en cuatro décadas! Más bien, venga le cuento.  

 

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