Buscando Argelia*

06/14/2017

Era el año 1953 y yo no cumplía aún los catorce años cuando me escapé de la casa de mi tío en Cali. Escapaba, cansado y aburrido, de lo que se había convertido mi vida en aquella ciudad. 

 

Salí temprano del Colegio el San Juan Bosco de los Salesianos en la Calle 8 – escapado también-, apresuré el paso por aquellas calles hasta llegar a la casa en donde vivía y antes de que llegara la esposa de mi tío eché algunas cositas en mi chuspa y agarré rápido para La Estación de Ferrocarriles. Añoraba volver a ver a mi papá de quién solo sabía que había regresado a su finca cafetera por los lados de Versalles. Yo no sabía dónde quedaba, para allá iba. 

 

La última vez que vi a mi papá fue com en 1950, cuando me fui de Toro pensando que volvería en quince días. Había pasado mi infancia en este municipio del norte del Valle, a unos veinte minutos de Cartago, al suroccidente del país. Vivíamos con mi papá, Alberto Maldonado y mis tres hermanos, Rosa, David y Ernesto, mi madre, Aura, murió cuando yo tenía apenas cuatro años. Mi papá era un quindiano de familia cafetera. Su padre los había traído a él y a sus seis hermanos al Valle para instalarse en Versalles, uno de los municipios más altos y más fríos del departamento, poblado por paisas venidos de Antioquia y de Caldas en su mayoría, del antiguo Caldas claro. Allí administrarían una gran finca cafetera de la que –creo- mi abuelo era el dueño, finca que luego se iría dividiendo entre reparticiones, herencias, muertes y ventas, y de donde –creo también- saldría la finca de mi papá. Él no se quiso quedar en Versalles y se fue a vivir a Toro, se casó con Aura, tuvo cuatro hijos y, aunque el camino a la finca se le hacía ahora más inclinado y escabroso, porque la finca quedaba al otro lado de la cordillera occidental y casi siempre le tocaba dar la vuelta por el mismo Versalles para poder ir a trabajarla, allá se quedó y allá crecí yo.

 

Pero para ese año la violencia se puso muy cruda. Los conservadores querían tomarse toda la cordillera occidental utilizando cualquier método, su salvajismo no tenía limite. La policía y el ejército, así como las alcaldías y las iglesias, estaban todas de su lado y a los liberales no nos quedaba más que huir o esperar la tragedia. Toro era un pueblo en su mayoría liberal y los chulavitas -la policía conservadora- no tardaron en llegar a ‘hacer la violencia’, a ‘conservatizar’ el pueblo, al principio incendiaban las casas de los liberales de las afueras del pueblo y de a poco se fueron metiendo. Nosotros éramos liberales, pero nuestra casa estaba protegida de los incendios porque vivíamos entre dos casas de conservadores, uno de ellos se convertiría luego en el alcalde. Yo estaba cursando tercero de primaria en la Escuela Pública de Toro cuando comenzó a pasar esto. Un día en la plaza, lo recuerdo muy bien, la esposa de mi tío materno, Ernestina Robledo, le hizo una propuesta a mi papá: “¿Alberto, por qué no dejás ir al muchacho a pasar vacaciones con nosotros a Buga?”, allá vivía ella con mi tío. Mi papá aceptó, “que se vaya unos quince días”.  

 

Me fui entonces para Buga a pasar vacaciones, contento, sin saber que no me iba por quince días como se había pactado en un principio, sin saber que no volvería a Toro sino muchos años después. Estando en Buga la violencia en Toro se agravó aún más, estaban matando mucho liberal. Mi hermana Rosita me confesó años después que nunca había tenido tanto miedo como en ese momento. “Vámonos de aquí ya mismo” sentenció mi papá y ante eso cogieron sus maletas, arreglaron sus bártulos y se fueron para Sevilla, a donde estaba llegando mucho liberal y donde ya estaban algunos de los hermanos de mi papá que huyeron en cuanto pudieron de Versalles. 

 

Mi papá logró comunicarse con mis tíos en Buga para decirles que no me mandaran de regreso a Toro, sino a Sevilla. Mi tía intercedió y, viendo la gravedad de la situación que se vivía en toda la zona del norte del Valle -cómo estaba de caliente eso-, convenció a mi papá para que me dejara en Buga terminando la primaria. Yo tenía diez años y allá me quedé, entré a la Escuela Pública Cabal Pombo en la Plaza de San Francisco a hacer tercero, en esa época entraba uno a hacer la primaria a los siete años porque el catecismo astete, que era el que se enseñaba, decía que el ser humano tenía uso de razón solo a partir de los siete años, entonces a esa edad entraba uno a estudiar. 

 

Pero no había aún terminado tercero cuando mis tíos decidieron irse para Cali y yo ahí detrás. Llegué a Cali a terminar ese ya interminable curso por el que había pasado en Toro y que había vuelto a comenzar en Buga. Ingresé a la escuela República del Perú, ya era el año 1952, pasé luego a la Escuela número 7 pero no me adapté aunque al fin terminé el curso. Ya en cuarto de primaria fui a dar al colegio San Juan Bosque que era de los Salesianos y que quedaba muy cerca de donde yo vivía, me acuerdo que llegaba uno a rezar por las mañanas y en latín, óra pro nóbis peccatóribus… nunc et in hóra mórtis nóstrae… en fin. 

 

Pues le fui cogiendo fastidio muy rápido al colegio y a la vida en Cali. En el colegio la disciplina era sumamente rígida, se descuidaba uno un poquito, se salía uno un poquito de la fila y tome su pitazo de acero en la cabeza o tome su barillazo en la piernas, la época de ‘la letra con sangre entra’. Insoportable. Eso no iba conmigo. Estaba aburrido de los Salesianos, del padre Baumann y de ese tipo Gómez, y de mis tíos también. Supe que mi papá, ya en 1953, pudo salir de Sevilla para instalarse con Rosa y Ernesto en la finca y retomar las riendas de lo que el encargado había dejado más o menos abandonado, aunque no lo había perdido –o vendido- todo, por eso tal vez mi papá lo siguió empleando mientras tuvo la finca. Un día mi prima, que también fue muy severa conmigo esos años en Cali intentó pegarme yo ya no me acuerdo por qué y me tocó pararla, “usted a mí no me toca, el único que me puede pegar es mi papá”, ese no era el trato que me merecía, fue ahí cuando tomé la decisión de irme, no me podía quedar más en Cali y sin decirle una palabra a nadie, ni a mis tíos, ni en el colegio, ni a nadie, me fui a buscar a mi papá a su finca con lo único que conocía de esta, su nombre, Argelia se llamaba.

 

La Estación de Ferrocarriles de Cali estaba recién inaugurada en la Calle 26 con Carrera 14, Hernando Tejada trabajaba en un mural enorme al interior de la estación, que luego iba a llamar La Conquista, en donde recorría la historia de la del Valle a través de indígenas, colonos y libertadores. Llegué caminando a la estación, debía ser medio día y el sol me quemaba los brazos. Sabía por los continuos viajes de mi tío que debía comprar un billete para el tren que iba hacia Antioquia y que mi parada era El Zarzal: de allí, decía mi tío, salían los carros para el resto de los pueblos del norte del Valle: Roldanillo, La Unión, Bolívar, Toro, Versalles y otros más al norte como El Cairo y El Dovio. Compré mi billete y en eso se me fueron los únicos pesos había logrado juntar en mi afanosa fuga. Así arranqué para El Zarzal. De ese trayecto recuerdo poco, los nervios me dejaron dormido al instante sobre la silla que me había correspondido, lo único que sabía era que allí comenzaba mi travesía. 

 

A El Zarzal llegué en la tarde, casi de noche, chuspa a la mano y ‘mire a ver’. Recordé que allí vivía Marta Ángel, la hermana de mi madre, con sus hijas Susana, Clara, Marcela y Lina –sí, todas mujeres, los hijos hombres ya habían tomado otros rumbos. No fue difícil encontrar su casa, pues eran bastante conocidas en un pueblo no tan grande. Golpeé a su puerta y ante la mirada sorprendida de mi tía –no se demoró en reconocerme pese a que no me había visto en años-, inventé la excusa de que mi papá me andaba necesitando y que me había mandado llamar. Mentira. Igual me recibieron muy bien, que distinto era del trato que me daban en Cali, además era menor que todas ellas, el hermanito consentido. Comí, dormí y al día siguiente, a eso de las once, bañado y desayunado, estaba listo para irme a Versalles en busca de mi papá. Mi tía me preguntó si tenía dinero suficiente. Dije que sí con absoluta decisión, sosteniendo mi mentira hasta el final. No me podían descubrir, no podía arriesgarlo todo. Me despedí y me fui a buscar el carro que llevaba a Versalles y que salía a medio día. 

 

Yo sabía que el carro, una buseta vieja y grande, la manejaba un tal Nabor Jiménez, de la familia Jiménez que conocí por mis vacaciones de niño en Versalles cuando visitábamos a mi abuela. Cuando lo vi llegar me acerqué a la puerta y le dije “discúlpeme ¿Señor Jiménez?, voy para Versalles, en este momento no tengo dinero pero yo sé que llegamos y hablamos con mi papá y …”, “¿y tú eres hijo de quién?” “de don Alberto Maldonado”, “Ah no, subite, subite, yo después hablo con don Alberto, no te preocupés, sentate ahí”, y me acomodó una banquita al lado suyo. Me fue hablando de Versalles y de lo difícil que estaba la cosa y de su mujer con sus hijos que a duras penas mantenía, no me preguntó por mi viaje y yo tampoco quise contarle. El verde paisaje del norte del Valle se abría ante mis ojos y yo me iba acercando.

 

Llegué a Versalles a eso de la una y media, dos de la tarde, me bajé del bus pensando para donde agarrar: a ver, sabía que Amanda, hermana de mi papá, vivía en el pueblo pero ella era como la matrona de la familia, mujer autoritaria, no iba a entender nunca mis razones y era capaz de mandarme de vuelta a Cali, mejor para allá no; Francisco, su otro hermano, vivía con ella, imposible; quedaban Germán, que estaba en Sevilla y Berta que andaba por Cali. Nada. Tomé la decisión de arrancar para la finca de una vez, no me quedaba otra. ¿Pero dónde quedaba? 

 

Me puse a preguntar por la plaza: disculpe señor, señor, ando buscando una finquita, se llama El Jigual, sí, la de don Alberto… Un viejo al que ya le sobraban las botellas de cerveza vacías en la mesa me dijo que eso quedaba por Campo Alegre y algunas indicaciones me dio: “para Campo Alegre salís aquí a los olivos y ahí vas saliendo, ahí comienza el caminito, pero eso es lejos, por ahí tres horas caminando”. Convencido de que iba a llegar a donde mi papá me encaminé por la salida de los olivos. 

 

Saliendo del pueblo, como a unos doscientos metros, me crucé a un señor que caminaba en la misma dirección. El señor, mirándome de reojo, como si me conociera de algún lado me soltó un: “jovencito, ¿va para donde don Alberto?” “Sí”, “si se parecen, ¿no?”, “Es mi papá”, “Ah, mirá, no te había visto nunca, tranquilo, te vas aquí conmigo, yo tengo finca en la vereda y voy para allá, aquí te vas acompañado”. Agarré mi chuspa aún más fuerte y arranqué a caminar al lado de este señor, personaje de pocas palabras o tal vez era yo el que ya no escuchaba nada. Caminamos mucho, era verano y el camino, la trocha más bien, estaba toda polvorienta, debían hacer unos veinte o veintiún grados y comenzaba a sentir el cansancio. Llegando a un sitio llamado La Dorada me tocó sentarme en un barranco porque se me vino la sangre por la nariz. “No te preocupés, echá la cabeza para atrás”, me dijo el señor dándome un pañuelo que acababa de sacar de su pantalón. Me recuperé y seguimos. Luego llegamos a Tres Esquinas que quedaba subiendo una loma larga aunque no muy inclinada y me dijo que la próxima parada ya sería en Campo Alegre. Yo le calculo que nos demoramos como cuatro horas en total para llegar hasta allí. Hay una fonda llegando, como en una loma. “Mira –me dijo descubriendo al potrero que se veía desde la fonda haciéndose una visera con la mano-, mira debajo de este potrero, ¿si ves ese cafetal? Después de ese cafetal, allá, mira, mira, arrímate aquí y verás, después del cafetal se alcanza a ver un techito, ¿lo ves? Esa es la finca de tu papá”. Y yo que solo quería salir corriendo para la finca, atravesarme como fuera todos esos cafetales y buscar a mi papá. “Sí, ya veo que quieres salir corriendo por acá, pero por ahí derecho no puedes bajar, te pierdes por entre los cafetales y no te volvemos a ver. Vení, das la vuelta conmigo por la escuela de niñas, allá hay una variante, yo ahí sigo para mi finca y seguís para el otro lado. A trescientos metros te encuentras con una casa a la izquierda, seguí. Doscientos metros más allá está la finca de los Jiménez. Preguntas por tu papá, ellos son los vecinos y ellos te dicen cómo llegar”. A caminar otra vez. 

 

Y así fue, tal como lo dijo el señor, nos despedimos en la variante y cuando ya se hacía casi de noche llegué a donde los Jiménez, familia campesina que me veía como un bicho raro, un muchachito citadino que llevaba todo el día viajando, sucio del polvero de la trocha y cansado por la caminata y el estrés –la palabra estrés la vine a conocer muchos años después-, y además lejos de donde se supone debía estar mi vida –pero cerca, muy cerca de donde realmente quería estar-: “Buenas, voy para donde Alberto”, “¿su papá?” “Sí”. El señor Jiménez llamó a su hija Erlinda y le dijo que me acompañara hasta donde don Alberto. El camino era recto y estaba acompañado de cafetales a ambos costados. Era todo cafetal esa zona. Cafetal a la derecha, cafetal a la izquierda. Faltando cincuenta metros para llegar Erlinda levantó su dedo índice y apuntó hacia la casa, yo alcé la mirada y fui siguiendo con la vista la línea que había trazado ella entre su dedo y la casa de mi papá y allá, sentado en un banquito frente a la casa como esperándome, estaba él. Qué sorpresa se llevó al verme correr a toda velocidad esos últimos metros que me separaban de la casa al final de aquella tarde de 1953. Ernesto y Rosita salieron apresurados de la casa, ellos tampoco lo podían creer. Abrazos y besos y más abrazos. “Otro plato en la mesa para el muchacho”, ordenó mi papá. 

 

No sé si me preguntaron o no cómo y por qué había llegado a la finca, yo solo recuerdo comer como si no hubiera mañana y dejarme caer encima de la cama que me alistaron. Completamente agotado me dormí con la misma ropa con la que había salido hace un par de días del colegio de los Salesianos de Cali.

 

En algún momento de la noche, no sé si de esa o de la siguiente, me desperté exaltado. Serían las tres de la mañana, calculo. Me levanté para mirar por la ventana de aquel cuarto que compartí con Ernesto por más de diez meses, mi tiempo en Argelia. Al asomarme por la ventana vi una lucecita que se movía y titilaba indescifrablemente por entre el cafetal. Curioso, salí de la casa y me fui acercando sigilosamente hacia el lugar de donde salía aquella luz sin saber aún de que se trataba. Cuando al fin estuve lo suficientemente cerca logré ver a mi padre fumándose un tabaco, metido entre las matas, disfrutando cada gota del café que llevaba en su viejo termo y que tomaba de la misma tapa, y vi también su expresión, una expresión de serenidad absoluta en sus ojos, la serenidad de la noche, de su tabaco favorito, de su hijo que había vuelto y del café que se tomaba. Él nunca supo que yo estuve ahí, acompañándolo en aquel café, en su café de las dos o tres o cuatro de la mañana, en el cafetal que fue su vida y que se perdió en la historia del norte Valle del Cauca, al otro lado de la cordillera y yo creo que desde Toro todavía se hace difícil llegar.  

 

 

*La historia me la contó en Bogotá,
en mayo del 2017,
su mismo protagonista.

 

Fotos por Ana Gomez

 

 

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