De una casa, un café y una galería

07/24/2018

Un último trazo. Un poco más de amarillo. No. Naranja, tal vez. Igual no me iba a escuchar, nunca lo hacía, ni a mí ni a nadie. Cuando pintaba era así, y pintaba siempre. Done, me dijo, yo sabía que no me miraba. Dejé el café que tenía en la mano y observé al fin un mural que hasta hace unos segundos imaginaba. Era un sol enorme, un sol como ninguno, un sol nuestro, propio, el sol de la casa, la compañía de sus historias. Un sol radiante que duraría décadas sin moverse ni un centímetro. Fue la promesa de Jeanet cuando debí venderle la casa y volver a los Estados Unidos y cuando supe que allí construiría su sueño, aunque ella no lo hubiera notado aún.

 

Dicen que Bogotá se fundó en el Chorro de Quevedo, una plaza incrustada en el medio de antiguas casas coloniales que dejan ver el paso de los españoles por una meseta a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, muy lejos de la península ibérica. De la plaza se desprende, como un tentáculo extraviado, una callecita angosta y empedrada que ha animado incontables noches de incontables generaciones de capitalinos. ¿Cómo una calle tan estrecha puede ser el corazón de la fiesta de una ciudad de diez millones de habitantes? Las cosas de los Andes y de la chicha, también. Al final de la callecita, cuando se van terminando las piedras, está la casa: allí vivimos él y yo. Él, artista impecable; yo, enamorado y músico.

 

Si el Chorro de Quevedo era el corazón de la fiesta bogotana, nuestra casa era el pulmón izquierdo. Hasta que a él lo llamaron de lejos, tuvo que irse y no volvió. Yo ya tenía 72 años, no me quedó más remedio que vender. Entre la prisa y la angustia la primera oferente no pudo ser mejor, aunque yo sabía que la historia de la casa no sería la misma: entregué las llaves, dejé sus cuarenta y ocho cuadros, mi colección de música y me fui.

 

*

 

Esta historia tiene dos comienzos. Uno, cuando murió mi padre; otro, cuando perdí mi trabajo. El final todavía no soy capaz de escribirlo. Pero vamos por partes.

 

Ese año el dólar se vino al piso. Yo asesoraba empresas de flores, así que me quedé sin trabajo y sin la vida organizada que creía tener. Vivía en Chía, bien. Fue un golpe muy duro. Mi hermana me ofreció trabajo en proyectos de restauración y tuve que aceptar, algo me hacía falta. Luego vino la muerte de mi padre y una casa en herencia que decidimos vender. Con mis hermanos acordamos invertir en finca raíz. Pusimos la casa en venta.

 

Alguien, no recuerdo quién, nos llamó un día con una oferta que no podíamos rechazar. Una casa en el Chorro de Quevedo. ¿Dónde?, pregunté. Yo, que era tan ajena al centro de Bogotá, me vi de pronto frente a una casa destruida y fea –esa fue la primera impresión-, llena de color y con un sol gigante pintado en el patio. Pero una oferta así no la íbamos a volver a encontrar. La casa de mi padre no se había vendido aún. Arriesgamos. Decidimos comprar. Al dueño, un viejo estadounidense con el que ahora mantenemos una bonita amistad, le tocó salir corriendo del país. Terminamos llevándolo al aeropuerto, allí mismo firmamos papeles y nos entregó las llaves. Me toca dejarles todo lo que está adentro, habló entre lágrimas. Casada y con dos hijos, así comenzaba, hace diez años, mi nueva vida. La casa de papá todavía no se ha vendido.

 

*

 

La casa se había transformado en galería. Como sacada de Woodstock, incrustada en el medio del frío de La Candelaria de los setentas. Por su piezas corrían artistas, ¿cuántas, cuántos? Casa colonial de la zona más pobre de la primera Bogotá. Un piso y un patio interior en el centro, en su ser. Y cuartos, muchos cuartos, y arte sin tema y sin fin, de ese que vale la pena.

 

Hasta que vinieron otros tiempos. La vejez de algunos, los problemas de otros, una época que terminaba. Nuevos dueños. Comenzaba una década de ensayo y error. Una década en la que se vio de todo: vicios, fiestas, drogas, sexo, extranjeros, estudiantes, mil historias que ya Jeanet contará. Pero la casa se rehusaba a ser eso. Ni hostal, ni residencia para estudiantes. Tampoco un bar, menos un estadero del centro. De a poco, sola, fue encontrando su esencia, esa que siempre tuvo, que nunca perdió. De a poco Jaenet fue encontrando la respuesta.

 

Hoy es el hotel Casa Galería, el café Casa Galería. Es la galería que siempre fue. Allí donde se encuentra la obra de los artistas sin nombre, la música que no sintonizan los radios, la chicha artesanal del Chorro y el café más suave de Salento. Es la galería que siempre fue, digo, y el sol no ha dejado de brillar.

 

 

 

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