CASA SANTAMARÍA

08/01/2018

Recién cumplía dieciocho y me alistaba para mi primera semana de clases en el Externado. Escogí estudiar Gobierno y Relaciones Internacionales –todavía no entiendo por qué- y como a los primíparos se nos impone el horario, me tocó, por cuestiones alfabéticas, en el mismo grupo que a Santiago Páez Giraldo. Nos conocimos, creo, tomando café frente al edificio G durante aquella primera semana. No tengo la más mínima idea de lo que conversamos. Y si me preguntan, este breve texto estaba pensado para narrar la historia del lugar en el que se lanzará El Andariego. Pero, ¿cómo se cuenta la historia de Casa Santamaría sin hablar antes de Santiago?

 

Podríamos, claro, hablar de sus abuelos, que se hicieron a la casa por allá en los cincuentas. Recién llegados de Ginebra, con estudios en psiquiatría y psicología, decidieron montar su casa negocio en la que atenderían a sus pacientes y criarían a diez hijos. Una casa enorme de tres pisos ubicada en la parte alta de la Calle de los Anticuarios, que en ese entonces era tan solo un caminito de arena a las afueras de Bogotá. Desde lo que hoy es la séptima, rodaban calle abajo los hijos de los Giraldo Villa hasta estrellarse con la novena.

 

Mencionaríamos cuando los diez crecieron y armaron maletas y la casa se perdería entre clínicas psiquiátricas, anticuarios, firmas de publicidad, galerías de arte, y un largo etcétera que duraría tres décadas.

 

De su mamá, Victoria Giraldo, hablaríamos sin falta, pues supo que debía recuperar la casa –para ella, para la calle, para la ciudad. Remodelación y a otra cosa: renacía Casa Santamaría.

 

Narraríamos los detalles, claro. El nombre, por Santamaría de los Ángeles –con la iglesia en el centro de su ser, la religión se convierte en la excusa de todo lo que sucede en esta calle; la tipografía, porque se acerca a aquella que caracterizó a la abuela; y las flores que enmarcan su logo, por los Novios Rojos que nunca faltaron en el balcón frontal de la casa mientras la psicóloga vivió.

 

Pero el punto de quiebre en la historia reciente de la casa se da cuando Santiago –y esta es tan solo mi opinión– decide regresar de Montpellier, así como sus abuelos regresaron de Ginebra, para darle su trazo personal al destino de Santamaría. Desde entonces la casa se convierte en el destino de arte y moda emergente de la capital: locales que descargan el talento de jóvenes diseñadores del país; paredes que logran darle voz a los artistas locales; y todo de la mano del café más especial del Quindío.

 

Santiago logró darle valor a aquellos estudios en el Externado en un lugar que dejó de ser suyo, de su mamá o de sus abuelos. Santamaría es ahora el sello de muchos y la voz de otros tantos. Yo, por mi parte, intenté plasmar lo que quedó de aquellos días universitarios en las líneas de El Andariego. Y en los rincones de los que no hablé, de una casa que se reinventa siempre, se encontrarán dichos caminos al calor de un buen café. 

 

Instagram @casa_santamaria

 

 

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