El café más grande del mundo

09/26/2017

‘Ni en la plaza china, ni en Francia, ni en Inglaterra, ni en Nueva York tiene un café tan grande como el que usted ve aquí’, me afirma Francisco Franco mientras tomo un sorbo de tinto, quema aún. Su palabras caen con las últimas luces de la tarde y con el primer tinto de la noche. No lo puedo contradecir.

 

Llegué casi a las cuatro de la tarde a Cartago. El bus que me traía de Pereira me dejó en el parque Bolívar y de allí tuve que caminar unas pocas cuadras siguiendo indicaciones de transeúntes locales, buscaba el parque lineal. Lo encontré con relativa facilidad, dejándome llevar por las calles como un turista curioso. Allí estaba don Francisco esperándome: el parque se lo reparten más de cien negocios y la gran mayoría se dedican a la venta de café, pero hay solo uno que lo vende a lomo de mula, no tenía pierde. ‘Joven, ¿se toma un cafecito?’.

 

‘Yo nunca pensé vivir del café. Sí, soy de un pueblo cafetero, pero mi familia nunca tuvo tierras ni café’, comienza su relato don Francisco mientras muele el café de la jornada. Salió muy joven de El Cairo, al norte del Valle, hacia Bogotá. La industria textil lo acogió pero el frío terminó sacándolo a patadas. Viajó a Leticia, trabajos varios que lo llevaron hasta Manaos, pero se cansó. Un nómada. Llegó a la costa caribe, Barranquilla, Cartagena y una cultura costeña con la que nunca se entendió. ‘Muy distintos, muy distintos’, me confiesa. Resultó trabajando en el muelle en Buenaventura. Ahí montó una panadería, quebró. ¿Y ahora? Bueno, fue ahí que empezó a vender tintos en un carrito en el muelle hace casi veinte años y ya nunca más lo dejó.

 

‘De ahí me fui a Pereira, pero allá la gente no tomaba café así que aterricé hace catorce años en el parque Bolívar de Cartago, con un carrito pequeñito y un café de El Cairo, y a la gente le gustó’. Tuvo tres o cuatro puntos y carritos en el parque, y se casó y tuvo un hijo también. Vendía un carrito y ponía otro y así. La cultura cafetera empezaba a crecer. Decidió ir más lejos: se deshizo de los carritos y montó un Willis, con su máquina y su tostadora, el primero en su especie, una revolución. ‘El secreto está en tostar uno mismo el café, ahí en el parque, ese olor trae a la gente como hipnotizada’ dice mientras me invita el segundo café y yo asiento con la cabeza.

 

‘Me ofrecieron una buena plata por el Willis. Un tipo de Medellín quería llevar la franquicia a otras ciudades. Vendí y como suele pasar, me comí esa plata, ni me di cuenta en qué me la gasté’. En el parque Bolívar ya no cabían más puestos de café pero él no se quería ir de Cartago –aunque ya sólo vivía con su hijo-. En la alcaldía le dieron un permiso para el parque lineal en el 2013, inconveniente mayúsculo: en esa época ese no era más que un cagadero de perros, un botadero de basura y el lugar preferido de los viciosos. Nadie en Cartago iba al lineal. ‘Tuve el permiso varios meses ahí guardado y eso que ya tenía mi nueva idea lista, pero no quería salir’. Un día se arriesgó: ya no era un Willis sino un mula, café a lomo de mula, con su tostadora, su molino y su máquina de espresso italiana. Mula única en su especie. ‘La sacamos y hágale, a trabajar’.

 

Antes de que pudiera seguir contándome la historia nos interrumpe un viejo de sonrisa desdentada, camisa gris a rayas y un pantalón al que le sobran tres tallas. ‘Hombre, pacho, ¿todavía vendiendo el mejor café de Cartago?’ El viejo venía de Trujillo, también en el Valle pero un poco más al sur, en donde tiene hace muchos años café y ganado. Se veía que se conocían hace décadas. Le pregunté al recién llegado por Trujillo. ‘Fue un pueblo muy caliente en otra época, cafetero eso sí. A mí me decían que me fuera, que estaba loco teniendo tierra por allá, pero yo no le debía nada a nadie, ni me metí con nadie. Así sacamos adelante la finquita con mi mujer. Y aquí me tiene’. Otro tinto, o agua’e’yoyo como lo llamó el viejo, y nos pusimos a hablar del Valle, de café, de la vida, de todo y de nada, hasta que de repente terminó su tinto de un sorbo y se despidió afanado con un ‘mirá la hora, que se me va el carro pa Trujillo. Chao Pacho, nos vemos. Joven, un gusto’.

Don Francisco retomó su relato develando el destino que había sufrido la mula: ‘joven, desde el primer día esta mula fue un éxito, no se imagina’. El parque se empezó a transformar, vinieron las familias, se instaló la gente y se instalaron también de a poco más y más negocios y más cafés. Catorce años pasaron. Hoy visitan el parque cuarenta y cinco mil personas al mes, unas dos mil o tres mil diarias, todos a tomar tinto y a conversar la vida. ‘Es increíble cómo toma café la gente aquí y si le soy sincero, yo me siento un pionero de todo esto. Hace quince años, cuando llegué a Cartago, no había nada’, me cuenta con un orgullo sincero. Vende más de trescientos tintos diarios, en un turno que empieza a las cuatro de la tarde y termina bien entrada la noche. Nosotros ya vamos por el cuarto y pronostico que esta noche no duermo.

 

Unas trescientas personas viven de la venta de tinto en Cartago, es una pasión y una inspiración para muchos. Don Francisco me confiesa su amor por esta bebida. Está seguro de que no habrá nada más en su vida que lo inspire y lo haga trabajar cada día tanto como el café, además de su hijo claro está. Aunque le han ofrecido mucha plata por la mula, no la quiere vender, quiere llevarla a las grandes ciudades, llevar esta cultura cafetera por el mundo. ‘No tenemos nada que envidiarle a un Juan Valdez o a un Starbucks, esto que usted ve aquí no se ve en ningún otro lugar del mundo, ni en la plaza china hay tanta gente tomando tinto, este es el café más grande del mundo’. Avanza la noche, don Francisco se acomoda su sombrero y el parque se llena cada vez más. Otro tinto, esta vez lo pido yo.  

 

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